Familias primerizas

Todos los padres y sus bebés disponen biológicamente de los recursos necesarios para crear un vínculo armonioso y profundo.

Pero aunque desde el principio del embarazo estemos llenos de amor y del deseo de establecer y mantener este vínculo afectivo, nos puede sorprender que nuestro bebé llora más de lo esperado. A pesar de los muchos intentos de tranquilizarlo y de darle todo lo que necesite, de prestar el máximo de atención para comprender sus necesidades y de estar con él en todo momento, cada vez más crece el desconcierto. De ahí nace la desorientación, el estrés, la desesperación y la frustración y llegamos al punto en el que ya no sabemos qué más hacer. Nos vence la sensación de rechazo y nos vienen ganas de dejar al niño llorando o peor.

Si las lagrimas siguen durante días o semanas, los padres se desesperan y no saben qué hacer. Empieza a desvanecer la estabilidad interior, la seguridad y se nos desaparece la conexión con el niño. Si llegamos a este punto, la comunicación entre padres y bebé ya ha dejado de funcionar. Nos falta la debida sensibilidad para entender los señales de nuestro bebé.

En la actualidad nuestra manera de conllevar a nuestras vidas se basa en una sensación de urgencia, una manera de ir de prisa o acelerada que es completamente “normal”. Nosotros adúltos ni la percibimos como algo nocivo, vamos, ni nos damos cuenta de ella.

Pero al niño que todavía tiene una sensibilidad elevada le puede asustar y alarmar. Para ellos parecemos nerviosos, tensos y constantemente en modo de alerta. En otras palabras intranquilos e inestables. Así que no es de extrañar que esa intranquilidad de la cual no estamos conscientes, la transmitimos a nuestros hijos. Nosotros como su base de seguridad principal ya no somos seguros para ellos. Como resultado el niño se estresa y expresa este estrés en forma de rabietas, con una elevada necesidad de estar en contacto y con ataques de gritar o llorar.

Las madres pueden sufrir el síndrome de burnout incluso cuando los niños ya están más mayores. El agotamiento es acumulativo y muchas madres después de una etapa dura de falta de sueño, de una lactancia dolorosa y difícil, de una sobrecarga de tareas de casa y de los nuevos retos de tener uno o más hijos, vuelven al trabajo con sus múltiples cargas adicional. Puede que al principio sea un alivio por que supone un cambio de aire, pero después de una primera fase de alivio vuelve la rutina nociva de la jornada laboral y se junta con las tareas de la casa y de la familia.

 

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