¿Te imaginas…?

Todo lo que haces en tu vida diaria, lo puedes hacer con una sensación de calma interior y de tranquilidad

Seamos conscientes o no, el entorno en el que vivimos está constantemente enviando la información que debemos de darnos prisa, apresurarnos para conseguir nuestros objetivos, a funcionar bien siguiendo su paso acelerado y con la capacidad de “apagar fuegos” a cualquier hora del día. Cierto es que con tanta presión desde nuestro alrededor es muy difícil de nadar contra la corriente. Ir relajadamente está mal visto, nos da una sensación de no estar cumpliendo con las expectativas, da mala conciencia hacia los demás, y en consecuencia elegimos caber dentro de esta sociedad, sea insalubre o no su modo de funcionamiento. Para poder seguirle el ritmo a los demás y de los cambios, nos hemos hecho más insensibles al estrés. Pero solo en el primer plano. Nuestro sistema nervioso sigue reaccionando de forma inconsciente con la segregación elevada de las hormonas de estrés, la constante alerta de nuestro sistema de alarma en el cerebro, con falta de atención, con una baja o una sensibilidad elevada del sistema inmunitario, con problemas de piel, trastornos de digestión, insomnia, presión alta, ansiedad, ataques de pánico, burnout y depresión, y un largo etc…. Hasta llegar al 90% de  las enfermedades.

Datos técnicos

Desde el principio de la descripción de su efecto fisiológico, el término “estrés” ha estado sujeto a múltiples cambios y su uso cotidiano muchas veces es incorrecto (Levine, 2015).

Koolhaas et al. (2011) sugieren que el término “stress” debería estar limitado a condiciones donde la demanda del entorno sobreexige la capacidad natural del organismo (en este caso de la persona), particularmente en situaciones con elementos impredecibles e incontrolables.

Actualmente se suele hablar del estrés como dependiendo de la interpretación del individuo de la situación estresante. Quiere decir lo que me estresa depende de mi interpretación y de mi experiencia vivida con anterioridad. ¡Cálmate y todo irá bien! Pero no es tan fácil. Autores más recientes (Porges, 2004; Cohen, 2014) han indicado que situaciones repentinas y de carga emocional llevan muy rápidamente a una respuesta a nivel inconsciente, envolviendo el complejo de nuestro cerebro responsable para el miedo, la amígdala y el hippocampo, y no involucrando inicialmente el complejo asociativo del córtex, con su capacidad de decidir de manera razonable. Es más, investigación psicológica (Bargh and Chartrand, 1999; Chaiken and Trope, 1999; Cohen, 2014) demuestra que incluso procesos de pensamientos aparentemente razonables están influido por nuestros estados emocionales. Pensamientos conscientes y procesos emocionales inconscientes se influyen entre ellos, no es un camino de una sola dirección. Y también los procesos emocionales influyen al estado físico como el estado físico influye sobre la respuesta emocional (Levine, 2015).

Antonio Damasio formuló en su libro de 1994 “El Error de Descartes” la hypothesis  que las emociones están a la base de nuestras capacidades intelectuales y de nuestro razonamiento. Hoy esa idea se ve confirmada por multitudes de trabajos neurocientíficos, sin embargo, al contrario a lo que se podría pensar, el público general todavía piensa el contrario. Estamos entrenados de ver a las emociones como algo irracional y que ocurren sin razón y sin sentido. Si describimos a alguien como “emocional”, normalmente queremos transmitir nuestra crítica sobre su manera de actuar y razonar. Las personas que más admiramos son aquellas personas que consiguen (a la superficie) controlar sus emociones a la perfección o ni siquiera sienten emociones.

Las emociones son la base para nuestra capacidad intelectual.

Aparte de eso no deberíamos de separar emociones, mente, cuerpo… es un continuo, un flujo afectivo de arriba hacia abajo, de afuera hacia adentro.

¿Manual o automático?

Las prisas que tenemos para completar nuestro día a día hacen que vayamos en modo automático. Nuestras maneras de hacer, nuestras conversaciones, los movimientos y las frases están tan integradas que ni nos damos cuenta de lo que hacemos o de lo que hablamos. Tampoco nos relacionamos con nuestro entorno, ni hacemos contactos verdaderamente profundos. Vamos en modo acelerado durante el día y por la noche no sabemos como bajar de ritmo o nos caemos agotados. Pero no lo interpretamos como algo nocivo porque estamos acostumbrados a ello desde nuestra infancia, y aparte de eso todos los demás en nuestro entorno están viviendo del mismo modo.

El control, las rutinas, las costumbres, el aguante, la constante búsqueda para la solución de ciertos problemas, todas esas son herramientas que utilizamos para mantenernos a flote cuando las circunstancias no son las más favorables. No hay espacio para nuestras emociones porque no se valoran en este entorno.

En situaciones de estrés somos más emocionales y menos racionales. Pero no aceptamos esta emocionalidad y en su lugar intentamos suprimir nuestro lado emocional. Con la consecuencia que una cantidad enorme de nuestra atención se vuelca en el control de las emociones y de nuestra mente. Si podríamos cambiar nuestro punto de vista sobre nuestras emociones en este momento podríamos experimentar un gran alivio, aumentar nuestra capacidad cognitiva y ver las cosas en un contexto más amplio, con otras posibilidades y soluciones. Las situaciones estresantes nos proponen un reto por sus indicaciones emocionales, pero son justo estas indicaciones de las emociones que nos dan la información que necesitamos para adaptarnos al reto.

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